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sábado, 29 de julio de 2017

Decisiones



La incertidumbre se hace palpable con cada día que pasa
dilemas ataviados con respuestas insondables
recorren mi mente en busca de un descanso que no llega
en la sombra del árbol de la certeza.

Muchas han sido las acciones perpetradas
mediante conductas inocentes y taimadas
pero todas ellas han creado un  monstruo
que voces sin rostro bautizan como indiferencia.

Entre compases y redobles de tambores transcurren largas noches
y es que mis ojos yacen abiertos tras las cortinas
observando la luz que imperturbable penetra en la oscuridad
negra e invisible como el rocío en mañanas de sueño.

Acuciantes soluciones rebosan en los muros de mi mente
batiéndose en duelo con el miedo y la inseguridad
mas ninguna de ellas logra imponerse en esta batalla
que muchos ignoran pero que a mi ser acalla.

No existen caminos sencillos ni intransitables
así que amigo, unámonos y hagámoslo candoroso
con paso firme y hálitos de esperanza
para no mirar atrás y anclarnos en la nostalgia.

jueves, 25 de mayo de 2017

El promontorio



Las calles rezuman odio y hastío. Tiempo atrás eran coloridas y llenas de vida, pero hogaño son grises y monótonas, parecen hermanas educadas en la más estricta normativa. Si bien todavía permanecen indelebles las pintadas y las frases perdidas escritas por enamorados y espíritus rebeldes, no encuentran actualmente a nadie que lea sus consignas y sus deseos, pues han perecido en esta disolución de aire oprimente y lluvia constante. 

Sigo andando mientras las farolas marcan la ruta, como si no quisieran que mi rumbo descarriara en la oscuridad. Mis pisadas rebotan en las baldosas malheridas por los innumerables pasos que las han humillado, pero que todavía siguen ahí con una tremenda muestra de orgullo. A lo lejos veo el promontorio al cual me dirijo, cuya silueta parece saludarme con su sola presencia entre tanto silencio y sopor. 

Una vez en mi destino, las nubes grises bailan desincronizadamente, amenazando con abrir de nuevo las puertas de la fría lluvia hivernal. El aire empieza a dar muestras de su presencia, haciéndome tambalear, como si quisiera marcar un territorio invisible a base de una fuerza sin mesura. Sigo de pie y puedo ver a lo lejos las humaredas provenientes de los arrabales, junto a un olor a podredumbre que penetra en mi como una daga afilada. 

Y allí estamos, el promontorio y yo, dudando entre las diferentes formas de dirimir mi contrato con esta existencia vacía y aburrida. Bajo mi mirada y lo observo, encontrando como respuesta una mirada hierática, que no provoca en mi el más mínimo efecto. ¿Cómo me va a responder si no tiene en su interior ni un atisbo de vida, si nunca ha encontrado a nadie que lo tenga en consideración? A excepción claro, de algún maldito filósofo que encontrara en ese lugar la fuente de su inspiración. Pero, ¿de qué sirve filosofar, me pregunto, si la palabra constriñe nuestro pensamiento?

Tras pasar largo rato no haciendo otra cosa que yacer de pie en compañia de mi propio hálito, y observando las siluetas de los edificios que se postraban ante mi, imaginando a las personas que como tristes hormigas reproducían sus quehaceres con la esperanza de cambiar su devenir, me giro y vuelvo sobre mis pasos, ya borrados por el polvo. Otro día será.

sábado, 13 de mayo de 2017

Una noche



Me desperté y no veía más que oscuridad. Moví mi brazo con la intención de tocar algo con qué orientarme, mas mis esfuerzos tardaron en surgir efecto. Finalmente logré palpar el interruptor de la lámpara. Se dio la luz. Allí estaba yo, medio incorporado en una cama deshecha, rodeado de libros y ropa sucia que llevaba acumulándose varios días. Tardé unos segundos en reaccionar, pues había olvidado la razón de mi súbito despertar. Miré la hora en el reloj de mi teléfono, eran las 3 de la mañana.

Había sido ese sonido extraño proveniente del salón. Ese fin de semana me encontraba solo en casa y no podía haber sido nadie ni nada que yo conociera, por lo que me invadió un cierto temor. Así pues, me incliné y me puse de pie al lado de la cama. Estuve unos instantes en silencio por si se repetía el ruido, pero no sucedió nada. Puse la mano en el pomo de la puerta y la abrí.

Frente a mí se hallaba el pasillo oscuro, con puertas abiertas a ambos lados. Enfrente, la habitación de mi madre, nada más salir a mano derecha la de mi hermano, y seguidamente el baño. Mi destino estaba a mano izquierda, en el comedor. Iba descalzo y daba mis pasos intentando hacer el menor ruido por si lo que hubiera en el comedor pudiera oírme. Finalmente llegué a éste. Por la ventana, y filtrada por unas blancas cortinas, entraba la tenue luz de la luna, iluminando la estancia y dejando ver los sofás y la mesa postrada ante ellos. La pantalla del televisor los reflejaba a modo de espejo, y pude verme en una de sus esquinas, tembloroso.

El lugar, a pesar de serme hartamente conocido, me pareció distinto, como si algo hubiese sido modificado. Apreté el interruptor que daba luz al comedor, pero no pasó nada. De repente, algo pareció moverse en dirección a la cocina, en una especie de rápidos pasos. Mi corazón se aceleró y mi respiración se tornó sibilante, pues hasta aquel momento pensaba que todo habían sido temores infundados por mi mente. Sin luz, sin nada con que defenderme, y haciendo acopio de valor, me dirigí al origen del ruido al tiempo que decía: “Hola, ¿hay alguien ahí?”. Mis pasos se concatenaban a medida que mi mente apremiaba a mi corazón a que redujera su ritmo, pero éste hizo caso omiso y prosiguió con su particular in crescendo.

El pasillo que llevaba a la cocina tenia a uno de sus costados unos espejos que te reflejaban siempre que pasabas. Rara vez te mirabas pues la costumbre los había vuelto invisibles. Pero en aquel momento se volvieron una herramienta para intentar descubrir in fraganti a lo que se escondiera en la cocina. La puerta de ésta se encontraba entrecerrada, por lo que mi duda en ese momento era si abrir de golpe o, por el contrario, de forma taimada. La segunda opción parecía la más adecuada. Así pues, puse la mano en el pomo de la puerta y empujé sutilmente, procurando hacer el menor ruido posible.

Cuando la hube abierto, y alumbrada por alguna luz del patio de luces, vi una silueta de lo que parecía ser una mujer, lo cual deduje por su cabellera. Estaba tan asustado que no pude evitar emitir un gemido de terror. De repente, y sin que me diera tiempo a reaccionar, la figura de la mujer se giró y pareció articular algunas palabras que no logré comprender. Seguidamente, pareció esfumarse en la penumbra. De pronto, una luz se vislumbró tras de mí, era la luz del comedor, que pareció despertar de su letargo.

sábado, 25 de marzo de 2017

Siento



Me siento solo. Pero es una soledad que acompaña, que tiende la mano al inocuo tiempo. Mis pisadas no producen el menor ruido, mi cuerpo inerte se desplaza con libertad al compás del azaroso viento. Pronuncio palabras carentes de toda lógica, y es que esta locura resulta indescriptible, ininteligible a oídos del otro. Cuando me hallo solo, encerrado en los muros de mi morada, me pregunto cómo he llegado a este punto de no retorno, a un lugar fundado en la apatía y el desasosiego. Estas palabras brotan de la pesadumbre de experiencias que finalizan, de sentimientos que afloran y se entierran en la memoria, a la cual podré recurrir en momentos de plenitud para recordar cuán miserable y mendaz puede llegar a ser la propia vida.


El silencio se ha vuelto conspicuo, ¿por qué hablar cuando es mejor callar?, la palabra vacía la carga el diablo, o quien quiera que encuentre en la tristeza su más jocoso pasatiempo. Mi pensamiento es un yermo páramo que debe ser colonizado, del que debe desaparecer la inanición y la sed, un lugar en el que se vislumbre la esperanza. Así pues, cerraré los ojos en esta desolada cama y esperaré a que la desidia me despierte cuando todo haya pasado. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Mañanas



Las mañanas transcurren sin decir nada, se concatenan sin previo aviso,
marcan mi devenir, mas no ejerzo control sobre ellas,
abro los ojos y miro al techo, el blanco penetra en la mirada.
Debo levantarme, me digo
pero ¿para qué hacerlo si la rutina es mi destino?
las sábanas atrapan mi alma, se halla encadenada
y las llaves se las llevó la desidia tiempo ha.
Sueños nublan mi mente en noches mudas
no extraño a nadie pues todo me resulta lejano y asimismo extraño.
El vacío que siento a mi lado con nada se llena,
y es que el hueco en mi cama complementa mi yo,
acompañado de un silencio que se torna ruidoso
y que me sigue allá donde me desplazo.
!No! !jamás me levantaré de este colchón desgastado,
pues es lo más longevo que la vida me ha dado!


Dedicado a J.G Paranoid Android

lunes, 20 de marzo de 2017

Capítulo 4: la huida



Los cinco se levantaron de su asiento. J no sabía qué hacer exactamente, ya que apenas acababa de conocer a esas personas. ¿Dónde vamos? –preguntó-. Vamos a seis calles de aquí, tranquilo, será rápido –respondió G-. ¿Cuántas botellas tenemos, A? –preguntó R-. Mmmm, si no he contado mal disponemos de unas seis. Más que suficiente.

Por cierto –dijo F mirando a J-, no sé si te lo ha dicho R pero siempre que actuamos usamos una máscara. Seguidamente, se puso una máscara que sacó de su bolsillo, era de un lobo. Así es –dijo G poniéndose otra máscara, ésta de un gato-. ¿Y de dónde saco yo una? Mira, justo ahí tenemos un par que pertenecían a unos antiguos miembros –dijo A señalando un pequeño armario-. ¿Qué es eso de antiguos miembros?, ¿Qué les pasó? –preguntó J, angustiado-. R se giró y lo miró con expresión seria. Los demás bajaron la mirada y soltaron un leve suspiro. Tuvieron la fortuna, o tal vez la desgracia, de caer en manos de la mente colectiva. Ya no están entre nosotros, su mundo onírico ha sido invadido por “ellos”. No supieron darse cuenta de cuán vigilados estaban fuera de aquí, y eso es algo fatal…

Vaya –pensó J-, parece que es algo serio. ¿A qué te refieres con “ellos”? –preguntó-. R se puso muy serio y dijo: A la mente colectiva, al orden existencial, a la monotonía recalcitrante. Siempre están vigilando a aquellos que sospechan que disponen de una mente crítica, y que pueda provocar un cisma en la masa adormecida. Es por eso que debemos actuar rápido y con cautela, y no ayudarnos en caso de peligro. Si cae uno, caemos todos.

J se acercó lentamente al armario y lo abrió. Pudo distinguir un par de máscaras entre unas prendas de ropa viejas. Una parecía ser de un conejo, y tenía un agujero en el moflete. La segunda era de un payaso, cuyas comisuras de los labios alcanzaban casi los ojos. Además, tenía una especie de cabellera negra alrededor de la frente, lo que le añadía un aspecto intimidatorio, y eso le gustó. Me quedo con esta –se dijo-. Una vez todos hubieron ocultado su rostro con la máscara correspondiente (lobo, gato, mono, zombi y payaso –F,G,A,R y J respectivamente-, repartieron los cócteles molotov en dos mochilas, siendo los porteadores de las mismas A y G. Estamos listos – dijo R-. Acordaos, y norma básica. Cuando crucemos la puerta actuamos juntos pero no, y repito, no, acudimos en la ayuda del otro si está en peligro. De ello depende nuestra existencia. Entendido –repitieron los demás-.La puerta se cerró tras ellos, y el callejón parecía más oscuro que cuando J lo había visitado por primera vez. Empezaron a andar.

¿Qué vamos a hacer con estos cócteles? –dijo J-. Verás J –dijo G-, trabajo en una escuela como profesor, y hay dos cabrones que no paran de joderme. El director y el jefe de estudios. Me hacen la vida imposible y no dudan en recurrir a la humillación pública. Se aprovechan de su posición para cuestionar todo lo que propongo, incluso delante de los niños y niñas han soltado frases que me han dejado en evidencia. Así que hoy les pienso joder. Los demás se han ofrecido a ayudarme, y veo que tú también a pesar de no saber a qué se debía todo esto. Eso me gusta.

Por cierto, ¿qué edad tienes J? –preguntó F-. Tengo 27 años –respondió-. ¿Y vosotros? Yo 21 –dijo R-, yo 23 –dijo G-, yo 22 –dijo A-, y yo 20 –dijo F-. Vaya, parece que soy el mayor –pensó J-. Dejemos la edad para otro momento –interrumpió R-, ahora tenemos que centrarnos en quemar los coches de esos hijos de puta. G, ¿sabes cuales son no? –preguntó-. Si, los tengo controlados, cada día en la escuela les veo aparcar. Perfecto –dijo R-. Bajaron cuatro calles más. Pasaba la medianoche y apenas había gente por esa zona. Los que se cruzaron con ellos los miraron con temor, pero no se olía el peligro.

Mirad, ahí está el primero –dijo señalando un Mercedes de color plateado-. Buen coche, le irá bien un poco de marcha –dijo F riendo-. A apoyó la mochila en el suelo y sacó un cóctel molotov. G hizo lo mismo. Lo lanzamos y corremos en esa dirección. Ahí se encuentra el otro coche, pasadas tres calles. Hay que hacerlo antes de que venga la policía con sus detectores. ¿Detectores? –dijo J-. Joder tío, ¿tú no sabes nada no? ¿Dónde narices vivías hasta ahora? –inquirió A-. La policía tiene detectores de antisocialidad, es decir, detecta a aquellos que van en contra de las normas, aquellos cuyo pensamiento dista del orden social imperante. Lo que no saben esos mamones es que su orden social no es más que el orden de los borregos, del ensimismamiento indirecto e incesante. Joder –dijo J- nunca lo había percibido así. ¡Exactamente! –gritó R- eso es precisamente lo que pretenden, que no seas consciente de tu situación. Puedes darle gracias a tu subconsciente, que te trajo aquí con nosotros. Chicos –interrumpió F- hay que hacerlo ya. J estaba realmente nervioso. En ese momento, G y A lanzaron su cóctel contra el coche, y éste empezó a arder, hasta que a los pocos segundos explotó. El sonido y el cálido ambiente proveniente del fulgor de las llamas causaron un tremendo estupor en él, se sentía de algún modo liberado.

¡Vamos! –gritó G- corramos hacia el siguiente objetivo, ¡hay que ser rápidos! Los cinco corrieron las calles que los llevaban hasta su siguiente objetivo sin mirar atrás. Tuvieron suerte de no cruzarse con nadie. Cuando estaban en su destino, R tocó el hombro a J. El siguiente lo vas a lanzar tú. J, nervioso, miro a la persona con máscara de zombi que tenía frente a él y asintió. Mirad, el del jefe de estudios es ese –dijo G-. Vaya mierda de coche, aún le haremos un favor.G sacó un cóctel y se lo ofreció a J. Éste lo agarró. Notó el frío y el peso del cristal, pero le motivaba la idea de lanzarlo. El segundo cóctel lo tenía F. Vamos, ¡prendedlo! –dijo A. F sacó un mechero y prendió ambos. Seguidamente los lanzaron en dirección al coche.

El instante en que las botellas fluían por el aire pareció transcurrir a cámara lenta para J. Las llamas zigzagueando al son de las leyes de la física, le parecieron un tremebundo espectáculo.  El sonido de la explosión lo despertó de su placer hipnótico. ¡Toma! –grito F. de repente, se escuchó el sonido de unas sirenas. Era la policía.

¡Dispersaos! –gritó R-, ¡quitaos la máscara y metedla en el bolsillo o donde os de la jodida gana! Los cinco parecieron repelerse, y es que corrieron en direcciones opuestas, metiéndose entre los callejones que veían a su paso. J avanzó dos calles y se resguardó en un callejón estrecho, que al parecer no tenía salida. De pronto, las sirenas parecieron acercarse a gran velocidad hacia donde se encontraba él. Al parecer, iba a ser el primero en caer.

domingo, 19 de marzo de 2017

Capítulo 3: la reunión



En el sueño que había tenido horas antes aparecía un escenario similar al que se encontraba en esos instantes, lo cual le produjo un escalofrío. Cuando estuvo delante de la puerta, pudo notar que era vieja y que había sido pintada recientemente. Seguidamente, agarró el pomo con denuedo. La mano le temblaba, sudorosa, y decidió girar la muñeca para ser testigo de lo  que se encontraba tras esa frontera de madera.

No pasó nada.

La puerta estaba cerrada, y por mucha fuerza que hiciera J, no iba a abrirse. De pronto, escuchó un ruido a sus espaldas. Se giró abruptamente y no vio nada. No obstante, notaba que algo o alguien lo observaba. Se volvió hacia la puerta y siguió intentando abrirla, empero, sus esfuerzos quedaron en nada. Volvió a escuchar un sonido tras él, en este caso le parecieron pisadas. ¡Eh, tú! –le gritaron-. ¿Qué haces ahí? J no sabía de donde provenían las voces, pero no había lugar a equivocaciones, las palabras iban dirigidas a él.

He visto el callejón y la puerta, y he querido ver qué había –respondió-, ¿dónde estás? De pronto, una figura apareció al fondo del callejón, y empezó a acercarse lentamente. J pudo observar que era una persona joven, de facciones duras. ¿Quién eres? –dijo-. Ciertamente, J estaba un tanto asustado, pues se encontraba en un lugar desconocido y acorralado en un callejón sin salida. La persona se paró a un par de metros de J. ¿Has soñado con este lugar, no? –preguntó el joven-. Si, ¿cómo lo sabes? –respondió J-. Solo aquellos que han soñado con este lugar, pueden transitarlo, podríamos decir que es un lugar “restringido”.

J no sabía qué pensar. Todo eso parecía absurdo. ¿Cómo un lugar que puedes tocar y ver va a ser solamente visible a unos pocos? No te creo –respondió-. Me llamo R, ¿cuál es tu nombre? –preguntó-. Yo soy J. Allí estaban, dos chicos en un callejón al parecer intransitable para aquellos que no lo habían concebido en su mundo onírico. R se acercó a la puerta verde, puso la mano en el pomo, y la abrió con facilidad. J no podía creérselo, lo había intentado unas diez veces sin éxito. Adelante, esta es tu casa –dijo R-. J avanzó con paso intranquilo, observando a su alrededor. R le cedió el paso, y cuando hubo pasado, entró tras él. Oscuridad.

No podía ver nada, pero respirar el aire de ese lugar le oprimía el pecho. Escuchó un "clic" y se abrieron unas tenues luces. J quedó asombrado. Estaba en una sala de unos 50 metros cuadrados, repleta de estanterías con libros. También había unas cuantas sillas y un par de mesas, con libros y ceniceros con colillas encima de ellas. A decir verdad, no era muy acogedor, pero tenía algo que lo reconfortaba. Distaba enormemente de su vida cotidiana, tan ordenada y monótona. La entropía espacial estaba delante suyo.

¿Qué es este lugar? –dijo J-. Más bien deberías preguntar, ¿qué no es este lugar? –respondió R-. Veras J, los que soñamos con este callejón tenemos algo en común, y es que vivimos vidas vacías. Necesitamos algo que nos haga sentirnos vivos, actuar como nos venga en gana y decir lo que realmente pensamos. El mundo de que somos partícipes no deja explotar el ser que llevamos dentro, nos impone una urdimbre de convencionalismos sustentados en una moral que nos reprime. Es por eso que la mente, en su momento de abstracción de esta mierda de realidad, nos facilita una vía de escape. Este lugar. No somos los únicos J, hay unos cuantos más como nosotros, y juntos daremos sentido a nuestra existencia, al precio que sea.

El discurso de R dejó anonadado a J. Realmente, no sabía qué decir. Todo parecía un sueño. Pero, ¿por qué yo? –se preguntó-. J, tu mente te conoce mejor de lo que crees, de hecho, somos básicamente mente. El elemento físico no es más que una excusa para desplazarnos por la materialidad. Es por eso que sabe cuándo necesitas llevar a cabo la catarsis. Pronto llegarán los otros –dijo R-. Ahora que había luz, pudo ver mejor a R. Era un chico delgado, de ojos azules y con una espesa barba. Vestía una sudadera desgastada por el tiempo y unos pantalones de chándal. Le sacaba un palmo de altura. J empezó a andar por la sala, observando con atención las estanterías y los libros que en ellas había. Había de todo, novelas, filosofía, historia, poesía…uno le llamó la atención. Se titulaba, “El hombre y la muerte”, de E. Morin. Te lo recomiendo –dijo R-. Lo sostuvo en sus manos unos instantes, y lo devolvió a su lugar.

¿Y quién falta por venir? –preguntó J-. Justo en ese momento llamaron a la puerta. Aquí están –dijo sonriendo R-, voy a abrir. Cuando abrió, tres figuras se adentraron en la sala. El primero de ellos, de pelo largo, ojos verdes y tez pálida. Llevaba una camisa verde. Detrás suyo, un chico más bajo, pelo corto y mirada perdida. Vestía una sudadera oscura con capucha. Por último, el más alto y corpulento de todos, un chico rubio con rasgos del este. Chicos –dijo R-, tenemos una nueva visita. Los tres se lo quedaron mirando, y lo saludaron con la mano. Hola –dijo J, un tanto nervioso-. Yo soy G –dijo el del pelo largo-. Yo A-dijo el rubio-. Y yo F –dijo el más bajo-. Veréis, he estado hablando con J y he intentado explicarle cómo es que estamos aquí, que nada es casual. Espero que podáis ayudarme. Mejor tomemos asiento. –apuntó R-.

Los cinco se sentaron en las sillas que había por allí desperdigadas, acercándolas a la mesa. Como sabéis, los que aquí nos hallamos tenemos algo en común, la vida no nos atrae y necesitamos un empujón. Además, también nos une otra cosa, la misantropía y la falta de lazos estables. Podríamos decir que somos antisociales, tal y como suelen decir los jodidos psicólogos. Todos esbozaron una leve sonrisa. Pero este empujón debemos dárnoslo entre nosotros –prosiguió R-, nadie lo hará sino. Debes saber –dijo G- que una vez entras aquí debes mantenerlo en secreto. Nadie puede saber de la existencia de este lugar, porque la mente colectiva podría introducirse y capturarnos. Así que ándate con cuidado, no te fíes de nadie. Así es –añadió F- en mi entorno, nadie sabe de este lugar. Debes actuar con cautela.

A ver si lo entiendo –dijo J- ¿es una especie de sociedad secreta? No –interrumpió R-, nada de sociedad. Somos individuos sin ningún tipo de lazo fuera de aquí, y dentro de aquí cada uno actúa como le viene en gana. Pensamiento y conducta libre, que te quede claro. Lo único que nos une es el sueño que nos ha trasladado hasta aquí. Si mueres o fracasas cuando no estamos juntos, no esperes que nadie de nosotros acuda en tu ayuda. De pronto, A puso una mochila encima de la mesa y sacó unas botellas, parecían cócteles molotov. Aquí los tenemos –dijo-.

Perfecto –añadió R-. G agarró uno de ellos y lo observo detenidamente. Se van a joder estos cabrones –dijo-. ¿Se puede saber qué es todo esto? –preguntó J-. G tiene asuntos pendientes con ciertas personas de su trabajo, y hemos decidido prestarle una ayudita. Espero que te apuntes. J se sentía contrariado, apenas conocía de nada a esas personas, pero la idea le motivaba. Sería una pequeña chispa en su yermo interior. De acuerdo –dijo-, contad conmigo.

sábado, 18 de marzo de 2017

Capítulo 2: la puerta





Un largo pasillo se encontraba frente a él. Al fondo, una puerta de color verde. Sus pasos retumbaban en el vacío y se proyectaban entre las paredes. A medida que se iba acercando a la puerta, J se sentía más pesado, como si de algún modo sus huesos se estuvieran ensanchando en su interior. Finalmente, estaba delante de la puerta al no sé dónde. Puso la mano en el pomo y lo hizo girar –clic-.

J despertó en su sofá. Tenía el teléfono sobre su pecho y yacía con una pierna tocando el suelo. Rápidamente le vino a la cabeza lo ocurrido. Esa llamada de su padre, pero más concretamente “eso” que le había dicho. Tras un profundo suspiro, se levantó, y con más torpeza que habilidad, logró ponerse los zapatos. Fue a la cocina y agarró lo primero que vio para echarse a la boca, un plátano demasiado maduro que se derritió entre sus dientes. Necesito salir –pensó-.

Se miró el reloj, eran las nueve de la noche, y parecía que el frío aguardaba en el exterior. Sin más dilación, se puso la chaqueta y bajó a la calle por las escaleras. No tenía ganas de otro encuentro indeseado. Pronto se transformó en una silueta entre la luz artificial de la calle, la cual estaba casi desierta. No sabía dónde ir, simplemente andaba en dirección opuesta a su casa. Así pues, se dirigió hacia la playa, que tenía a unos veinte minutos a pie. A medida que bajaba la calle, J se acordó que al día siguiente no tenía que ir a trabajar, le habían dado fiesta. Menos mal, no tenía ganas de volver a ese antro –se dijo-. Siendo viernes, y ya andando por una calle bastante más transitada, pudo comprobar como varios grupos de gente se dirigían a cenar o a pasar la noche juntos, de fiesta. Él, por el contrario, no tenía pensado nada más que perderse por la oscura noche, solo.

De pronto, y cuando ya estaba cerca de la playa, fijó su mirada en un muro al cual jamás había prestado atención. Pudo leer: “Toda convicción es una cárcel”. Qué jodida verdad –pensó-. Al cruzar la calle, vio a un hombre mayor sentado en un banco, que lo miraba sin parar, girando su cuello a medida que J pasaba por delante. J se giró, y pudo comprobar cómo el hombre seguía observándolo. Tenía una espesa barba blanca y unas gafas redondas, le daban un aire ciertamente intelectual. Qué te pasa chaval –le dijo a J-. ¿Por qué me miras? ¿Acaso me conoces? –respondió-. No, pero que pasa, ¿ya no puedo mirar a quién me salga de las narices o que, puto niñato? J no se esperaba una respuesta así, y prefirió no responder. Se giró y prosiguió su marcha.

Siguió dándole vueltas a su encuentro con el hombre mayor ¿de qué iba ese maldito viejo? ¿Cree que por sacarme 60 años tiene derecho a hablarme así? Fue entonces que se arrepintió de no haberle contestado, pero ya era tarde, no tenía sentido volver y decírselo. Pocos minutos después ya estaba en el paseo marítimo. Las olas se escuchaban a lo lejos y empezó a soplar una leve brisa que J agradeció. Empezó a andar mientras pensaba en lo que le habían dicho por teléfono un rato antes, no podía ser cierto. Con cada metro que avanzaba parecía que “eso” se alejaba más de él, como si de algún modo pudiera dejar atrás lo metafísico, lo impalpable. Miró su teléfono, tenía una llamada perdida de Marta. Lo volvió a guardar en el bolsillo.

De repente, algo lo despertó de su letargo. Un grito, parecía haberse producido a poca distancia. Instantes después, pudo ver a una mujer gritando y señalando a un hombre que corría en dirección opuesta a la que iba J. La mujer decía: ¡ladrón,  el bolso! J, en un alarde de valentía, empezó a correr tras él. ¡Eh tú! –le gritó- ¡eres un cobarde! El ladrón no pareció oírle. Éste cruzó la calle a toda velocidad y por poco no se lo lleva por delante un coche. J tuvo que detenerse para que pasara un vehículo y seguidamente cruzó la calle para seguir con su persecución. ¿Por qué corro detrás de ese tío? –se preguntó- no conozco de nada a esa mujer, y sinceramente no me importa nada. Pero no corría para ayudar a la mujer desconocida, corría para llenar ese vacío que sentía dentro de sí, necesitaba adrenalina. Y vaya si la estaba sintiendo.

J empezó a sentir la fatiga, pues hacía tiempo que no hacía ejercicio. Lo mismo parecía ocurrir con el ladrón, que redujo el ritmo. De pronto, éste se giró para comprobar que nadie lo seguía, y al ver a J acercarse a toda velocidad le dijo: Oye, tu quién coño eres. Alguien que te está persiguiendo, ¿o es que no lo ves? ¿Ese bolso no es tuyo no? –respondió-. Mejor no te acerques si no quieres tener problemas, vete a tu puta casa –respondió el ladrón-. Esa mujer está forrada no le vendrá de aquí, o no has visto las pintas que llevaba. Una maldita guiri que se pasea por aquí con aires de suficiencia, que se joda. J, ya más calmado, pudo observar más detenidamente al ladrón. Era un tipo de su altura, rubio y de ojos verdes. A decir verdad, no parecía un ladrón callejero como los que le solían venir a la mente. Es cierto, J también tiene prejuicios, todos los tenemos.

¿Te vas a quedar ahí eternamente o te vas a largar? –dijo el ladrón-. Mira tío –le respondió- en verdad me importa una mierda que te hayas llevado el bolso de esa mujer, solo quería un poco de diversión. Ya me voy. Tras decir esto, el ladrón se metió en una calle y desapareció del rango de visión de J. No lo volvería a ver más, ¿o quizá sí? J volvió tras sus pasos y decidió cambiar de ruta, no tenía ganas de encontrarse con la guiri de nuevo. Poco tiempo después, J se había perdido por las calles, esa zona no la conocía demasiado y todo le parecía nuevo. Los edificios eran viejos y grises, y había pocas luces abiertas dentro de las casas. Volvió a mirar el reloj, eran casi las once de la noche.

Giró la calle y sintió como si antes hubiera estado allí. Pero juraría por aquello que más quería –si tuviera algo a lo que aferrarse- que no había pisado esa calle jamás. Un callejón estrecho pareció postrarse ante él, como si de algún modo le estuviera pidiendo que lo transitara. Así pues, J avanzó lentamente. El viento cedió y la calle pareció enmudecer. Sus pasos retumbaban en las paredes del callejón y se proyectaban entre las paredes. Al fondo, una puerta verde.

Capítulo 1: la llamada





J se despertó sobresaltado. Miró alrededor y no vio más que una fina línea de luz proveniente de su ventana entrecerrada. Apesadumbrado, y tras estirar sus músculos, se levantó y fue al baño. Mientras meaba, pensaba en lo que estaba por venir, y no le motivaba demasiado. Joder –pensó- ojalá pudiera enviarlo todo a la mierda. Después de asearse rápidamente, desayunó unos cereales mientras escuchaba la radio. En ese momento, empezó a sonar “Alive”, de Pearl Jam. Se vislumbró una leve sonrisa cuando sonaba el estribillo, ya me gustaría sentirme vivo –se dijo a sí mismo-. Tras dejar el bol en la cocina, se vistió y salió por la puerta.

Si algo le apetecía poco era encontrarse con alguien en el ascensor, y para colmo, así fue. Buenos días, le dijo la vecina. J odiaba profundamente a esa mujer -Carla-, una jodida cuarentona que no aceptaba el paso de los años y que vestía como una universitaria. Hola -respondió tajante-. No tenía ganas de hablar con nadie de gilipolleces puramente protocolarias destinadas a romper un hielo que a ojos de J debía mantenerse inquebrantable. Mas a su pesar, Carla le dijo: ¿cómo pinta el día? ¿vas a trabajar? Todo bien, respondió. Al abrirse la puerta, J salió primero y se dirigió a la entrada del bloque. Salió sin decir nada, dejando a Carla con un ademán de despedida que no encontró receptor.

J no pasaba por sus mejores días, había discutido con su pareja y el trabajo ya no le motivaba, se había tornado monótono y vacuo. Subiendo la calle que lo llevaba al metro, se cruzó con varias personas. Una pareja de adolescentes que vestían como si se hubiesen criado en los putos suburbios de Detroit, pero que lo más malo que habrían hecho era saltarse un par de clases. Se cruzó asimismo con un vagabundo que se había apropiado de un banco y que llevaba en su mano una cerveza. Joder, cómo me apetece una cerveza –se dijo-. Ya en el vagón, el silencio imperaba. Todo el mundo estaba con cara de póker, algunos y algunas se miraban en el espejo retocándose el pelo o mirándose de perfil cual modelo. Le resultaba patético.

Los que leían libros parecían sentirse superiores al resto, como si leer les volviera eruditos. No dudaban en mirar de reojo a cada rato a su alrededor como si buscaran un reconocimiento por parte de los demás, o para mostrar que si no se levantaban para ceder el sitio era por cuestiones justificadas. A dos estaciones de su destino, subió al metro un hombre de tez morena, el cual empezó a recitar un discurso pidiendo algún tipo de ayuda. La gente bajó la mirada o consultaba su teléfono, haciendo caso omiso a éste. J, por el contrario, mantuvo su mirada fija en él, y escucho sus palabras con atención. Tras estas, el hombre –que rondaría los cincuenta años- procedió a desplazarse por el vagón pidiendo algunas monedas, encontrando como respuesta movimientos horizontales con la cabeza con los labios entrecerrados o un “no, lo siento”. Solo un chico joven que portaba una carpeta universitaria le ofreció una moneda. El precio de su buena conciencia había sido liquidado.

Bajó del vagón y se unió a la marabunta en las escaleras mecánicas. El civismo parecía haber cumplido su cometido, pues nadie se encontraba quieto en el lado izquierdo. Al pisar la acera, miró a su derecha y el hombre del semáforo vestía de verde, por lo que cruzó la calle. En ese momento pensó en el porqué del color verde y el rojo para distinguir entre lo permitido y lo que no. El rojo –se dijo- resultaba hartamente paradójico, y es que, si bien es sinónimo de prohibido o peligroso, al mismo tiempo es el color de la pasión, del amor y de la misma sangre, de aquello que a priori nos une a los nuestros. Desechó este pensamiento inútil y subió la calle que lo llevaba a su trabajo.

J trabajaba en una cadena de comida rápida, sirviendo bocadillos y limpiando la mierda que los clientes dejaban en las mesas y el suelo. Esto lo compaginaba con las clases de la universidad, la cual no pisaba hacía algún tiempo. Cuando entró al establecimiento, su compañera Marta lo saludó. Hola J, ¿cómo va? Bien, voy a cambiarme y ahora bajo. A pesar de esta cortante respuesta, J se sentía atraído por su compañera. A su parecer estaba buenísima y más de una vez había pensado en ella en sus momentos de placer íntimo. Mientras se cambiaba, vio una cucaracha que se escondía bajo las taquillas, era enorme y movía sus antenas con rapidez, en busca de un lugar en el que cobijarse y seguir reproduciéndose. A fin de cuentas, ¿qué nos distingue de ellas? ¿No vivimos entre mierda y la reproducción es nuestra finalidad última?

Una vez se puso su atuendo de trabajo -un polo naranja, un pantalón negro y una gorra que le producía picores en la frente- bajó al piso inferior, donde se desarrollaban sus funciones. Nada más ponerse tras la barra, puso su código en la pantalla y ya estaba listo para atender a los capullos que querían comer en ese lugar inmundo. Poco tardó en entrar una pareja. El chico era negro y vestía estilo swagger, una moda que te hace parecer más ridículo de lo que todavía eres. Su acompañante era una chica rubia, guapa de cara, un poco más alta que el chico y con un sugerente escote que J repasó rápidamente. Joder con el negro –pensó-, con esa cara de gilipollas y qué suerte tiene el cabrón.

Una vez los había atendido, les devolvió el cambio y se sentaron en una mesa próxima a la barra donde se encontraba J. Escuchó con disimulo su conversación, la cual era propia de adolescentes. El tío hablaba como vestía, era lamentable. La chica, por el contrario, no hacía más que escuchar y reírle las gracias. En ese momento, la chica miró a la barra y cruzó la mirada con J, que se quedó pasmado. Rápidamente disimuló e hizo como si apuntara algo en la pantalla, bajo la atenta mirada de ella, que seguía observándolo. De repente, escuchó la voz de Marta tras él. ¿Qué haces? –le preguntó-. Nada, había apuntado un pedido sin querer y lo estaba anulando –respondió J-. Tras esto volvió a mirar a la chica, que ahora seguía charlando con el negro. ¿De verdad le había estado observando o eran imaginaciones suyas?

La tarde transcurrió como siempre, multitud de personas pasó por el local y se hinchó a comer bocadillos hechos con el más profundo hastío y desamor. Y por no hablar de las bebidas, cuyos recipientes se encontraban en territorio comanche, rodeados de suciedad e insectos, protegidas tras una leve capa de plástico. Cuando llegó la hora de salir, eran las cinco de la tarde. Mientras subía las escaleras que le llevaban al “vestuario”, escuchó tras él la voz de Marta. Oye J, te noto raro, ¿te pasa algo? J dudó qué responder. Ciertamente, Marta le gustaba, pero su ruptura con la pareja anterior era demasiado reciente. No me pasa nada, tranquila –y esbozó una leve sonrisa-. ¿Quieres que vayamos a tomar algo esta noche? –le preguntó Marta-. Había estado esperando esa pregunta mucho tiempo, pero sus restricciones morales se habían adueñado de él. No puedo, tengo cosas que hacer de la universidad –dijo-. Era mentira, no tenía nada mejor que hacer que mirar la televisión o leer algún libro. Ese día, como de costumbre, no iría a clase.

Cuando llegó a casa, tiró la mochila al suelo y fue directo al baño. Se sentó en la taza y se puso algo de música para amenizar el momento. Sus estancias en el baño solían alargarse en demasía, y es que era uno de los pocos momentos en los que J parecía abstraerse de lo que le rodeaba. Pasados veinte minutos, se estiró en el sofá y apagó las luces del salón. Su móvil empezó a vibrar, era su padre. ¿Hola?, respondió. Hola J –la voz de su padre parecía algo alterada- ¿dónde estás? En casa, he llegado hace poco de trabajar. ¿No tienes clase? No, hoy no tenía –mintió-. Verás –siguió su padre- ha ocurrido algo. Las palabras que siguieron dejaron a J helado.