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lunes, 6 de noviembre de 2017

Sin título



Trece prístinas razones.

Ocho conllevan demencia.
Nueve son como las coliflores;
verdes, frescas, se antojan esmeraldas
repletas de blanco cerebro.

Trece gusanos reptando, como expectantes.
Una bombilla que relampaguea.
Y el frío desapareciendo por la rendija
de la habitación.

Ocho angustiosas palabras,
concatenadas,
verdes, frescas, se antojan esmeraldas.
Queda vacío el patíbulo.

Trece puertas diferentes.
Ocho con pestillo, expectantes;
de ser abiertas, de ser entornadas.

Cuatro dedos magullados,
como enganchados a una mano triste;
siempre izquierda.

Dos esmeraldas descansan,
bajo la noche impávida,
se recogen canciones que hablan
de fatigas, amputaciones y mentiras.

martes, 30 de mayo de 2017

Muerte de un mensajero





¿Y si se había acabado todo?, ¿si no tenía sentido ya, aplicar mis fuerzas, encontrar significados? ¿Acaso iba a acabarse así, tan sucintamente?, finalmente, ¿alguien se había cargado al mensajero?

Recuerdo estas palabras, concatenadas y apelotonadas, estallando de placer en mi cerebelo. Lo siguiente que pensé fue: ¿acaso la muerte, no es una burócrata más?

Por fin abrí los ojos, incorporándome con gran aflicción. Amarga y taimada sensación de paz, cuando empecé a sentir un cosquilleo en los dedos de la mano derecha. Y es que, si mi cuerpo aún se encontraba dormido, ¿cómo tener la certeza de que lo que era entonces no era más que fétido sueño?

Y si era una ensoñación, si mi encriptada consciencia había perdido el hilo conductual con la materialidad. Y si volvía a ser solo puro pensamiento, desdoblándose, ¿qué más daba?

El dolor seguía ahí, junto con los recuerdos de días pisados y pasados, como manchas en la acera.

El aire recargado se tornaba en mucosidades afiladas, que se clavaban en mi tráquea. Luchaban por salir los esputos, después de horas, tal vez semanas de letargo. La atmósfera estaba visiblemente contaminada, me sorprendí a mí mismo, con las manos en la nuca, y la mirada perdida.

La claridad de la luna se abría paso por entre los cristales, sucios y amplios, duros a la vez que frágiles. La habitación se hallaba totalmente en silencio. Unas runas allí, unos mensajes codificados allá, tal vez imágenes y dibujos, fruto estos últimos de la más oscura pluma. Una sensación tibia, seguida de sonidos lejanos, como de ultratumba, que recordaban al romper de las campanas a media tarde. A esa hora tan inoportuna, cuando los animales salen del cemento para meterse en el cemento, rodeados; como felices y extasiados.

El sofá de color rojo estaba plagado de manchas. Por un segundo me vino a la mente la imagen de aquella femenina espalda, repleta de lunares. Lunares marrones, pensé; manchas negras, como cráteres en el sofá, apuntillé. Y ahora, como si de arenas movedizas se tratase, me hundía, sin ningún tipo de contrapartida, en estas manchas de humedad, en estos pliegues asesinos, que se urdían como objeto; que se concretaban como  -maldita sea-, como una mierda de sofá.

Me levanté, y el tocar de campanario pareció retumbar en mi cabeza; yéndose a la vez que arrastraba de vuelta un eco frío y metálico, casi de color oro. No me había dado cuenta del liviano levitar de las motas de polvo, que golosas, buscaban su propio alunizaje.

“¿Hay alguien ahí?”, dije en voz alta. Pero mi voz se perdió entre las paredes, entre los bustos y los ladrillos rotos, subiendo por las canaletas y bajando hasta el fondo del mar.

Qué jodida pregunta. Qué pedazo de imbécil.

No importaba si el destino volvía a equivocarse. Decidí entonces girar sobre mi propia figura; tal vez en la luz lunar, encontrara un atisbo de abrazo, una especie de sentido vistazo de complicidad. Era tarde.

No porque la madrugada cayera con tesón y lustre. Ni porque el rocío comenzara a laminar los automóviles quietos, igual que las farolas, inmóviles. No así los árboles, que se mecían por el vientecillo nocturno, como tiritando de frío. Sencillamente, era demasiado tarde.

Qué belleza de imagen, cuando logré encuadrar toda la escena, recorriendo con mis pupilas el recargado paisaje, de fondo negro; sin estrellas, sí con luna, creciente, por si todavía importaba.

Qué montaña, qué amargo y bonito accidente. Qué pendientes, recorridas de ancho a largo, de arriba a abajo por aviesos edificios. Una ondulada ladera, capitaneada por una antena gigante, a la que creí escuchar en sueños; que bajaba hacia la derecha, fraguándose en ribazo nuevamente, justo con el suficiente ángulo como para retomar su empeño, tornándose finalmente en sistema montañoso, que se perdía entre el marco de los ventanales que allí sujetaban mi reflejo, totalmente difuminado.

Era hora de volver a casa. Conquistar por última vez aquel acceso a mi lecho, frío y húmedo; cansado de esperarme.

La quietud del satélite provocó en mí un escalofrío. Como un impulso mesiánico, subió por mi garganta un garabato, que se tornó en guirnalda, desplegándose en pensamiento. Un pensamiento doloso e iracundo, que me hablaba de héroes, y me recitaba poemas sobre ninfas y comodoros.

“Hagámoslo con calma”, me dije. O tal vez lo dijera en voz alta. La cuestión es que si algo era diáfano, si algo se había mostrado como axioma, si de algún modo lo conspicuo estuvo en mí, aunque hubiera sido un rato; había sido conceptualizado en esta ardua y solemne frase. ¿Qué no te tomaste con calma, chico?, si ni siquiera supiste ingerir veneno, aun en tus noches más lóbregas, si lo tomaste siempre como un aperitivo; relamiendo tus labios a cada sorbo, observando la copa a cada pequeño trago.

Me encaminé hacia la salida de aquel fastidioso salón. El sonido reverberante de la oscuridad se adhería al largo e interminable pasillo. Solo una luz observable, la de una puerta medio entornada, al final de aquel rectilíneo y cuadriculado túnel, de color mandarina; moteado de rugosidades.

Mis pupilas de loco no daban crédito a aquella estampa. La atmósfera, ya no sabía, si de aquella vivienda, si de aquel continente, había desaparecido frugalmente; o se había apostado definitiva y contundentemente, tomando la forma de las sombras insidiosas que pueblan los recovecos de las calles. Y si era así, si el manto fino de la podredumbre, si el aire recalcitrante que levitaba, había dejado de levitar, para pasar a ser parte de mi yo medible, acaso, si todo eso se había resuelto en hecho constatable, se había trasformado en mi ser: ¿podía hacer algo que no fuera aceptarlo con resignación?

“Ey”. Y la y griega sonó como un destornillador perforando un trozo de metal. “Quién eres”, dije sin más dilación y casi sin energía. “Dónde estoy” inquirí sin demasiadas esperanzas.

El doloroso amarillo que se escondía tras la puerta del fondo del pasillo, fue alargándose, convirtiéndose en figura reflejada en la pared. Todo mientras sonaba el chirriar de una abertura henchida de moho y portazos.

Mentiría si no dijese que vi a alguien repostado bajo el marco de aquel pórtico macabro. Sentí mis dientes rechinando, segregando por un segundo astillas de calcio y nervio, mientras la piel de mis brazos se empezaba a enchinar, y los pelos y los granos y los pies, se ponían duros como estacas y tersos como pollas empalmadas.

El nudo de mi garganta habría servido para colgar al más puritano de los malhechores. Un soplo de aire, esta vez caliente me recorrió la cara, lamiéndome la barba, introduciéndose en mis fosas nasales. Y la puerta se cerró de pronto y para mi sorpresa, al portazo, no lo acompañó ningún terminante estruendo.

Pasé como bien pude, con la espalda pegada a la pared. ¿Por qué me comportaba de aquella manera?, ¿era miedo lo que me apoderaba entonces, era el más terrible de los horrores hacia lo desconocido e inexplicable? Junto con aquellas preguntas, también estaba allí la sangre que a borbotones, se apelotonaba en mis venas, entre mis brazos y por mis piernas. Aun así, no despegué el culo de la pared, ni cuando ya casi estaba dejando atrás aquel inhóspito y desolado pasillo.

Decidí salir de aquella cárcel sin barrotes, sin dilación ni apremio. Unas botellas como vacías y recubiertas de polvo me indicaron la salida, estaban apostadas a cada lado del trayecto, casi señalándome el camino. Reflejándose en cada una de ellas, con sus tonalidades marrones, se distinguían muecas lo suficientemente oscuras para retener un halo de lumbre.

Salí y bajé escopeteado. Más que liviano, descendía de dos en dos los escalones, mientras giraba sobre mí mismo al llegar a los rellanos pertinentes, que estaban hechos de baldosas impías, más transitadas que las estaciones. Recuerdo que la oscuridad me atolondraba cada vez  más, aun así podía degustarme, mirando el color azul metálico de la barandilla interminable.

"¿Otra puerta?", pensé. Y por un momento la situación me recordó a cuando vagabundeo por mi memoria, dejando tras de mí un reguero de huellas que sonoras, preceden a los descubrimientos más insospechados. A los diálogos con mis recuerdos, de los que nunca escapo, pese a que con toda mi energía les intento dar plantón.

Tal vez parte de la remilgada oscuridad se quedó en aquel edificio, que no dejaba de encajarse con aplomo en la manzana, a estas horas transitable. Tal vez y solo tal vez, respiré de nuevo aire sucio, pero fresco.

Me encaminé conmigo mismo, sorteando charcos y maullidos lejanos. Cerré los ojos cuando sentí aquel maldito chirrido a mi espalda. Un silbido agudo y entrecortado estaba siendo disparado desde algún lugar; habiéndome impactado en la solapa de la camisa. Me giré con rapidez y adiviné, justo en el salón donde había estado descansando, allá por el tercer piso, una figura oscura e inquietante. Se apostaba inamovible; tan solo una sonrisa en su tez alimentaba en mí la idea de que no se trataba de alguien no humano. ¿Pero y si era una especie de gárgola?, ¿Y si aquella noche los monstruos, normalmente cabizbajos y recelosos por las esquinas, se habían envalentonado? Y si, Dios mío, y si los demonios habían preparado aquel festín de carne, que era yo mismo, y tan solo el cielo iba a ser testigo de mi fustigamiento…

No había un ápice de duda. Había perdido la razón y no iba ganando la partida.

No obstante decidí seguir caminando. Me encaramé a la pequeña cuestecilla que giraba a la derecha, convirtiéndose de pronto el cemento en una angosta calle en forma de ele, repleta de adosados de colores distintos.

Transité aparcamientos repletos de socavones, baches, charcos, y nunca perdí la sensación de que alguien o algo me observaba entre los escombros y las más puntiagudas esquinas. Apreté el paso cuando sentí  de verdad que alguien me seguía.

Con el rabillo del ojo pude dilucidar que se trataba de un hombre, de formas juveniles y ajuar negro azabache. Me giré una vez, y creo que hasta los calcetines eran oscuros, como los pensamientos desencajados que tornándose en gotas heladas de sudor, recorrían mi maltrecha espalda.

Seguí calle arriba y la ladera empezó a saludarme. Volví a girar varias veces hacia mi derecha, dejando atrás persianas a cada lado que se antojaban inamovibles, como también blancas y sucias.

Llegué por fin a mi apartado favorito. Unas escaleras de piedra caliza que se apostaban interminables; solo acompañadas por una barandilla, esta vez de color gris, repintada con alevosía y manoseada a conciencia. Cuando andaba por el segundo descansillo de aquellas rectas y traicioneras escaleras, volví a girarme por última vez.

Solo algunos grillos, y el sonido de los aspersores lejanos parecían dispuestos a hacer de las delicias de mis oídos. Ni rastro de aquel tenebroso figurante que hasta hacía unos minutos me pisaba los talones.

¿Y si se había acabado todo?, ¿si no tenía sentido ya, aplicar mis fuerzas, encontrar significados? ¿Acaso iba a acabarse así, tan sucintamente?

La luna remilgada, reflejó un destello que se tornó en amarilla visión. Una visión excelsa, que contenía imágenes de playas cálidas y desiertas que otrora había imaginado, pero que ahora, en aquellas vagas y noctámbulas calles se tornaban en magnífica revelación.


Presuntamente, alguien se había cargado al mensajero.

viernes, 14 de abril de 2017

Compañeras de piso





Apenas era consciente de mi alrededor, notaba como la plenitud de mi ser iba fraguándose, encerrándose; envolviéndose en un sueño meloso y cercano cuando, de pronto, un hecho inesperado suscitó mi atención. Me encontraba solo en la habitación cuando, súbitamente, mi corazón se apoltronó para con mis venas que, latiendo a un ritmo exacerbado, trataban de dar sentido a aquella situación.

Estaba resquebrajado en mi cama, enrollado entre gruesas mantas de un color grotesco, cuyas mejores virtudes eran las de darme un calor distante y pegajoso, cuando de repente, tuve la necesidad de mirar hacia arriba. Y es que, sobre el resquicio de la pared, casi llegando al techo, se deslizaba un algo, o un alguien, que contrarrestaba visiblemente con el tono de las desgastadas paredes rugosas color blanco; un blanco sucio.

Una cucaracha, de un tamaño considerable, caminaba patizamba dirigiéndose directamente hacia la esquina más oscura de mi cuarto. Al principio no supe que hacer, y no, no por el hecho de no saber si aplastarla con mi zapatilla de estar por casa, sino porque realmente no-sabía-qué-hacer.

Avanzaba muy lentamente, su color era vívido, casi se confundía con su propia sombra. Reptaba sobre la pintura de un modo extraño; ambivalente, cual borracho que, habiendo ya cerciorado todos los vestigios de la aurora, no tiene más remedio, no tiene más opción, que volver a casa entre lamentos internos que se ahogan con el propio alcohol.

Supe en ese momento que debía matarla, fue en ese preciso instante cuando lo supe, viendo cómo aquel bicho nauseabundo movía sus antenas de un modo burlesco, mientras avanzaba sin vida; sin aura, casi arrastrando su propio peso, más el de miles de crías que seguramente llevaba en aquel fétido vientre cascareo y crujiente.

Me acerqué a ella.

No hubo respuesta. Con súbita indiferencia siguió su camino mientras que yo me hallaba, a la sombra del flexo. Con un gustacho a tabaco que levitaba, por entre la sinuosa silueta de la atmósfera de aquel habitáculo, y que se clavaba dentro de mis cabelleras. Estaba allí erguido; desplantado. Sólo me separaban de ella, o él, un escritorio que ya nada tenía de mío y unos, varios metros de alto.

Pensé, -es ahora, saltaré, primero me agazaparé y después saltaré, asestándole un golpe definitivo, un manotazo duro y así; así la mandaré al infierno-, pero reflexioné un instante antes de realizarme; -si lo hago, si salto de manera imprecisa, y aun así la mato, la reviento con mi zapatilla de estar por casa, quizá caiga sobre mis cabellos, quizá ya estando muerta, se parapete de mí. Quizá se vengue de mí provocándome la más fría náusea al impactar ya muerta sobre mi cabeza-.

No. Disipé aquellos pensamientos absurdos con un gesto de altivez que, venía de la mano de un impulso secundario que, a su vez y poco a poco, se fue tornando en un haz de realización cuando mis músculos comenzaron a moverse y mi cuerpo, agazapándose, fue tomando fuerza sobre sus propias piernas. Tobillos doblados, rodillas arqueadas, cintura parcialmente girada para realizar un giro de unos treinta grados e imprimir un salto fugaz; un golpe helado, y el bicho-nauseabundo-que-merece-morir, perecerá a su destino.

Así pues, las fuerzas que mis músculos y mis articulaciones conjuntamente habían desplegado sobre mi propio cuerpo, hicieron que me trastabillara profundamente. Ya en el aire realicé una cabriola exquisita y, soltando mi arma, mi poderosa máquina de matar, me vi incapaz de asestar, de acometer tal empresa asesina cuando observé; dilucidé, que la cucaracha cambiaba su rumbo totalmente.

Había cambiado su dirección, lentamente, muy lentamente, había girado sobre sí misma, y volvía por el mismo resquicio, por entre la pared y el techo que se dibujaba sombriamente sobre mi figura, cual contorno que separa todo-lo-que-es, y lo que es también pero de una manera incorpórea. Me sentía impotente, ¿acaso ese bicho era mejor que yo?, no había tiempo para trascendencias filosóficas pues, como alma que lleva el diablo, me agazapé, saliendo de la habitación, cuya puerta estaba entornada, con una velocidad de escándalo. Mi sorpresa fue tal, cuando descubrí tamaña situación inesperada cerniéndose ante mis ojos ataviados y súbitamente cansados. Sobre el suelo de la cocina, al lado de restos de no sé qué materia orgánica o no en concreto, reposaba otra cucaracha.

Se trataba de un bicho de unos colores un tanto verdosos, era alargada y parecía joven, sus dos antenas se movían con más vigor, al igual que su cuerpo que, al ver mi figura torpona, ciñéndose por entre el marco de la puerta, se escurrió por el margen de las baldosas, huyendo en último momento, como cada cosa que he conocido en la vida; de mis pensamientos casi siempre no honestos.

¿Qué podía hacer? ¿Debía focalizar mis instintos asesinos en aquella cría de insecto, o, debía volver sobre mis pasos y acabar con la gorda y torpe cucaracha que compartía habitación conmigo, y que apenas había avanzado en su vuelta atrás?

Las maté. Las maté a las dos, aplasté con mi pie, más bien con mi calcetín sudado y haraposo aquel segundo bicho, más joven y coloreado; más delgado y veloz. Y después, con fría calma, volví sobre mis pasos, arremetiendo, canalizando mi ira, sin pensar; sin simbolizar en mi mente más que un pensamiento abstracto, de color rojizo como la cucaracha, pero de un tinte oscuro, plagado de tonalidades negras, que se concretó en el momento en el que aplasté con mi mano, aquel redondo y crujiente, aquella bolita articulada y pesada que, sin saber qué pasaba, huía de la luz de una manera pomposa y poco sutil.

martes, 21 de marzo de 2017

Extraño en Ciutadella



Hace días, ya hace un par de días desde que saliera de casa por última vez. No sé si me mantiene cauto, el azar del hechizo que capté, de la mirada que no vi reflejada.

Andaba, no solo, con intención de repostarme sobre la hierba, justo después de haberme deslizado por entre unos jardines, que, sino mágicos, sí que estaban cubiertos por ese aroma a salitre, breve y suave brisa de primavera que se empaña entre muchas muchedumbres ociosas, distraídas; como felices. Con un chasquido bastó, estaba allí sentado, ausente y acompañado. Un poco latente mi mirada, pero despierto.

“Colles” de hombres y mujeres preferiblemente jóvenes, andaban ocupados, con juegos y bebidas, sobre manteles repletos. Y el aroma a césped, me transportaba a una suerte de sensaciones nostálgicas, absurdas.

Ya era casi de noche cuando, poco a poco, fueron vaciándose los lechos de verde. Las gentes fueron retirándose. El sol arrastró su calor hasta que se ocultó, rápidamente. Anduvimos de vuelta conversando, debatiendo, perpetrando. Fue entonces cuando, capté algo entre las gentes que aún quedaban sentadas y esparcidas por el inmenso parque.

Vi reflejado en mis retinas, el rostro de un hombre que no tenía rostro. Sus gafas de sol ocultaban el parecer de la mirada de un viandante, un anónimo, un ser maltratado brusca y brutalmente. Y  ocurre que, estos lentes, no descansaban sobre ninguna nariz. Tremenda conmoción y sacudida, cuando encuadré del todo la escena, mientras escuchaba a algunos centímetros, los gritos, sonoros e implacables de aquella alma. El corazón se me puso de piedra, y aún todavía noto el pálpito acompasado de mi pulso, que galopa al recordarlo; y es por eso que, estaría mintiendo si dijera que tengo algo más que decir.

Pero lo cierto es que no puedo extraer de mi encaje vital, ciertos chispazos de intelecto.

domingo, 12 de marzo de 2017

Autoridades



Una vez me desperté. Solo. Yacía acostado en una cama dura, tremendamente áspera. Un reguero de saliva seca subía por mis labios hasta alcanzar la mejilla derecha. Las sábanas, heladas cual muro de hielo y roca, se cercioraban de que mi cuerpo no adoptara ninguna posición extraña. Del pijama, no sabría decir.

Una vez me desperté. Solo, y no recordaba nada del día anterior, ni de su antecesor, ni de la hilera de días, enfrascados y superpuestos, que me constituían como ser. Las legañas aprisionaban mis ojos, los mordían con su afilada sal, los descuidaban.

Una vez me desperté solo, y no, no me gustó lo que me pareció ver. Unas paredes dolorosamente amarillas se cernían sobre mí, sobre mi cama, sobre el mismo habitáculo en sí. Intenté llorar, pero en lugar de lágrimas, recibí una lanzada en el estómago.

Empero aquella vez, no me desperté solo, de nuevo. Por lo menos, no solo del todo. Dos policías de buen ver, rostros ennegrecidos por el humo, acechaban en la sombra. Estos solo se distinguían mínimamente, entre calada y calada. Mi cuerpo, recubierto de harapos, recorrido por saliva y legañas, entorpecido, entumecido, cansado de despertarse tan solo. Mi voz, accionada por un debilísimo impulso de aire, espetó:

-¿Qué es lo que he hecho?

Solo el silencio tuvo agallas para contestar. Mi mente, encriptada, corrompida por sus propios pensamientos; mi psique, atormentada, consiguió hilvanar unos lánguidos y perecederos destellos de lucidez. Ya no era yo, ni la habitación era ella, ni la oscuridad, ni mi cuerpo, ni mi estado, estaba dejando de ser lo que una vez vacilé ser. Mi sueño se desmoronaba. Uno de los policías, que junto a su compañero, admiraban sin espetar palabra aquel, podríamos decir, rito iniciático, pegó una tremenda calada a su cigarro, carraspeó, se acercó a mí y me susurró con una voz de tenor impecable, una voz hermosa e inenarrable:


-Es hora de morir, chico.

El gilipollas de Carmelo







¡Ay Carmelo!, ¿¡Por qué es tan grande tu persistencia!?

¿Qué es lo que te insufla ánimos, ánimos para seguir en tu recorrido? Día tras noche, noche tras día, semanas pasan, meses incluso, y tú sigues comprometido contigo mismo.

¿Qué es lo que te hace no flaquear? Mejor dicho, ¿Qué es lo que salva tu flaqueza, que te recoge y te hace levitar?, ¿Algo que se mueve dentro de ti que como el éter, nos es invisible?

Las jornadas pasan y tú sigues en tus trece. (Casi) todos los días escupes en la acera. Levantas la vista, y te encaramas, te dejas llevar por tus ajadas plantas, y subes y subes y vuelves a subir.

No falla, me lo han contado y lo creo. No hay día que no pretendas subir esa grandísima ladera, ese desnivel desorbitado que te espera con soberbia.

¿Acaso buscas la grandeza?, ¿Quién te espera, Carmelo?, ¿Será una mujer?, ¿Tal vez una señora?

Sí, es posible. Puede que la mismísima señora de las alturas te espere en lo alto del accidente, quizá eso explique tu empecinamiento.

Pero no, aun así, no es suficiente. ¡Cuéntamelo, Carmelo! Nunca vi ser más terco. Sales del foso más oscuro que hay, giras sobre ti mismo, y levitas, casi levitas sobre el pavimento, en dirección ascendente. Sin dilaciones, sin más pomposidad que tus pasos mismos, caminas la gran cuesta, aun sabiendo…

Aun sabiendo que solo es cuestión de tiempo. Reconociendo que llegará la caída. ¡No, no, no y mil veces no! ¡Qué cosa tan curiosamente triste, compañero! Dicen de ti que además, llevas lastre.
Sí, así es. Tus posesiones más preciadas, que nunca dejas atrás. ¡Miento! Que únicamente dejas atrás para cargar con ellas, para llevarlas en tu espalda.

Joder, Carmelo. Hablan de ti maravillas algunos, otros solo ven vanidad en tu rostro. Pero continúas, no cejas en tu empeño de superar a tu sombra; sigues caminando, sorteando los adoquines manchados, el orín de los perros y las más abyectas emisiones. Con tu bolsa, y dentro de ella papeles. Papeles y tinta por un tubo, todo entremezclado.

¡La madre que te parió, Carmelo! Subes y vuelves a subir, recorres metros de calzada. A veces te hallas taciturno, lo sé. Solo te acompaña tu vocecita interior, que rebota entre tus tejidos cerebrales, ansiando la libertad. Una libertad que tú tienes, camarada. O que tú crees tener.

Una libertad cansada, sí, como tu aliento, que exaspera, que antecede a los pasos más pesados y manda una señal a tu cráneo, haciéndote desear el más sucinto de los finales.

¡Pero qué cojones te pasa, Carmelo!, ¡Si sabes que caerás! ¿Por qué lo haces?, ¿Por qué?, si tarde o temprano te deslizarás con gracia, resbalarás y tu piel besará las finas y malas hierbas que pueblan las esquinas.

¡Pero no!, ¡Ahí sigues! Como un verdadero hijo de puta. Subes un buen tramo, dejando atrás cruces sinuosos que llevan a ninguna parte. Y, cuando el corazón ya rebota en su coraza, cuando la ilusión se despierta en tus dedos, giras. Giras hacia la derecha, hacia tú derecha, y te presentas ante la gran cuesta final. La gran pendiente que, imponente te reta, día tras noche, noche tras noche también. ¡Quién fuera tu espíritu, Carmelo!

¡Quién pudiera transformarse mágicamente!, ¡Quién pudiera tomar la forma de tus incisivos, que braman, por la sangre que viene inyectada desde tus encías!

¡Diablos! Lo tuyo es inaudito. Eres duro de roer aun en tu blandura. Pero Dios, ¡si eso fuera lo peor! Lo peor es que a veces… A veces ¡bajas!

Y no, podría pensar que es que en ocasiones, te olvidas de tu memorizado trayecto, das esquinazo a tu maquiavélica trayectoria, para bajar y recapitular. Tomar aire. Inspirar veneno. No. Me es imposible negar la mayor.

Desciendes porque puedes descender. Porque te has dicho a ti mismo que debes descender. Cansado, no por el ejercicio vital, no por la ansiedad que produce el tener conciencia: ¿acaso crees haber atisbado, un fragmento siquiera de las causas que pagarás por tu indiferencia?

¡Cuántas veces, oh! ¡Cuántas veces, valiente trozo de gilipollas, te he visto hacerlo! Después de recorrer con hastío, no de mala gana, sino casi derrotado. ¡Cuántas veces te he visto, amigo, estar a punto de arribar a tu meta!, ¡Estar a punto de besar a los astros!, ¡De codearte con ellos! Y cuántas veces –mis ojos lo han visto- te diste la vuelta, justo antes de que tu sombra rozara el gran portón que liberaría cualquier espíritu…

Si tu tesón es grande, si tu terquedad solo es comparable a la de las rocas que descansan bajo frías gotas interminables, dentro de cuevas oscuras. Si tu empecinamiento humano alguna vez ha sido superado, ha sido en estas contadas; superpuestas y nefastas ocasiones.

¿Por qué? ¡Maldito! No logro entender el por qué. Si ya estás llegando, junto con tu carga que, anudada a tus hombros, te cercena la piel, te come el cuerpo y te provoca las más horrendas heridas. Si tan solo con rozar la cima, tus lamentos y dolores se tornarían en amarilla ilusión: ¡volarían con espanto! Pero no, ¡hay que joderse! Ya saboreando la miel de los dioses y te largas.

Te das media vuelta. Giras sobre ti mismo y marchas, a grandes pasos, más que liviano, esquivando los socavones que el inexorable paso del tiempo ha ido provocando. Bajas y bajas y bajas, a una velocidad endiablada. ¡Y te da igual! Te da igual, porque si no te diera igual, ni siquiera tantearías la subida.

Vuelves a tu sino, con una gracia que solo los animales tienen. Vuelves y te resguardas en el más oscuro de los agujeros. Y te preparas.

¡Dios!, ¡Maldigo a Dios mil veces y me cago en la mismísima Virgen María! Eres el pragmatismo encarnado, Carmelo. Eres demasiado humano, compañero. Y este hecho es capital.

¡Dioses, miradle!, ¡Mirad al hombre que no quiso ser digno de vosotros!, ¡Observad a aquel que se rió de la inmortalidad!, ¡Contemplad, os ordeno, a aquel que se pasará hasta el día del juicio final subiendo y bajando la cuesta del olvido!

¡Maldita sea!, ved al que nunca podríamos olvidar.