miércoles, 7 de junio de 2017

QUIERO TODO ESTO Rai Gracco


Quiero escribir un texto en el que me refleje a la perfección, conseguir ese arte que consiste en hacer un espejo con las palabras... 

Quiero entender todo aquello que conozco de mi, asimilarlo, ordenarlo... y poder decir una palabra, aunque solo sea una, de la que pueda estar seguro que representa fielmente una parte de mí. Deseo no andar perdido, no encontrar silencios cuando intente explicarme. 

Y es por esto que vengo a decir que quiero hablar con el tono que refleje lo que siento cuando explico lo que me mueve, lo que me ataña... ¿Qué no te gusta mi tono, mi expresión, mi lenguaje? Pues aguántate o no me escuches, quiero ser pasión cuando hable, pues solo entonces hablare en serio. 

Quiero que se jodan los políticamente correctos, esos cobardes que les asusta todo lo auténtico, que les da miedo las consecuencias de vivir sinceramente, que se jodan todos aquellos que se odian a sí mismos, que temen mostrarse y ser odiados por los demás con la misma intensidad que se odian ellos... Quiero plantarme frente suyo y decirles sin palabras, con mi vida de ejemplo, que soy ese monstruo que ellos esconden tras una careta y buenos modales, y que ¡oh! ¡me encanta serlo! 

Quiero provocarles, sacar a paseo su rabia, pues es el único instante en que no controlan su farsa, quiero observar el hermoso espectáculo que supone el quitarse las caretas, quiero que nadie corre el telón para esconder a los actores tras finalizar su comedia. 

Quiero que teman mi mirada, incluso cuando me dicen que les gustan mis ojos… Se que les da miedo que vea el secreto que esconde ese individuo que muestran a todo el mundo, yo se que son conscientes de que veo a través de su mascara y de que huelo el miedo en ellos, ese miedo que aflora al amarme y temer que su ser real me resulte tan odioso como a ellos. Quiero que amen mis ojos y los necesiten para que, así, pese a temerla, no puedan eludir mi mirada. 

Quiero conservar esa actitud desenfadada aunque un tanto provocativa cuando hablo con extraños, recuperar lo que haya podido perder de ella con aquellos que quiero, pues mi fuerza consiste en ser auténtico, en no filtrarme casi nada... por eso no quiero volver a mentir a aquellos que amo, si algo me caracteriza es mi sinceridad; nunca me he sentido más incomodo que cuando le mentí a ella, quiero disculparme una vez más por ello, no supe hacerlo mejor, lo siento.  

Quiero aprender a amar, no quiero una teoría de cómo hacerlo, estoy harto de todos aquellos que dicen saber cuál es la mejor forma de amar, me harté incluso de mis propias teorías; quiero que mi amor sea como la habilidad del que trabaja la madera o el hierro i no acudió a ninguna escuela a aprender ese arte; que se formó a base de práctica, a veces fastidiándolo todo, otras sorprendiéndose a si mismo... pero sacando, al final, los movimientos que se adaptaban mejor a su anatomía y encontrando las herramientas adecuadas para realizarlos, a la vez que no perdían de vista el cómo actuar ante los distintos imprevistos que encuentran en la materia que pretenden trabajar. 

Quiero verte feliz, quiero hacerte feliz, aunqué no pueda lo quiero... si lees esto sabrás que te hablo a ti. 

Quiero volver a esa torre, con el bosque bajo nuestros pies y ésta vez ser capaz de amarte más de lo que me amo a mi mismo. 

Quiero estar enamorado, loco, cegado por ella, sin sentirme mal por ello... aunque no sea correspondido, quiero saber cómo se puede equilibrar una balanza tan desigual y, así, poder construir juntos algo suyo y mío. Quiero dejar de hacerme trampas al solitario y, si es necesario, perder del todo la partida y saber abandonar antes de que todo esto me consuma; no me asusta estar loco, y si el enamoramiento es de las pocas locuras que no me será censurada quiero aprovecharlo; quiero agobiarme sin sentirme culpable por hacerlo, quiero pensar en ella sin decirme que lo hago muy a menudo, quiero ilusionarme y/o estrellarme, deprimirme y alegrarme fuera de medida, sentir como el corazón me da un bote cuando la veo; quiero intentar domar unos celos desmesurados, quiero acercarme a ella, llamarle la atención, hacerle saber lo que siento, sin sentir que estoy haciendo el ridículo... Quiero leer todo esto último y asustarme y preguntarme si no estaré siendo tóxico, tener la capacidad de autocritica sin perder de vista que la locura está más allá del bien y del mal... quiero confiar en mi propia escalera de valores para saber cabalgar la bestia descontrolada, la locura que me invade.

Quiero vivir grandes cosas, cosas que escapen de ser reales, ser consciente de la mentira pero no negármela, quiero explorar toda la magnitud de una vida que solo viviré una vez. 

Quiero follar, me encanta follar, y quiero vivirlo como una lucha, una guerra entre individuos que desean dominar al otro, poseerlo... quiero que me provoque, que saque a pasear la fiera y yo trate de dominarla. 

Quiero crear un espacio seguro, un oasis en medio del duro desierto que es la vida, quiero un espacio real, que nazca de mis manos y no sea una burbuja que parasite para sobrevivir... Quiero compartirlo, vivir y crecer en él, no me interesa dar la vuelta al mundo, no lo necesito para hacer mi arte, mi obra, mi vida... En una zona de confort aparentemente monótona puedo vivir cada día en un mundo completamente distinto al anterior. Es por eso que no quiero perder esa fuerza, ese carisma, esa potencia y espontaneidad que crea situaciones, que me divierte, que rompe con cualquier monotonía. 

Quiero crear mi orden, mi disciplina, mis rutinas... y desafiarlas cada día con mi caos, fortalecerme en esa lucha íntima y gozar de lo que sobreviva a esta guerra. Quiero competir para crecer, pero competir conmigo mismo o con mis enemigos para no destruir potencias ajenas que no me han hecho nada como para procurarles tal fin. 

Quiero saber cuidar a los que amo, tejer relaciones de amistad con aquellos que me interesan, pero no quiero exceder mis capacidades sociales, no quiero que el "ellos" se coma el "mí".  

No entendería el construirme, edificar mi vida, sin crear relaciones humanas, y pese a que no me moleste tener enemigos que me obliguen a no dormirme, prefiero tener amigos que hagan lo mismo, siendo sinceros, dándome esa hostia, sin miedo, que tantas veces necesito... Quiero levantar proyectos con ellos, crecer, quiero rodearme de aristócratas que planten cara a la crueldad y dureza de la vida. 

Quiero conocer mundos y dar el mío a conocer... 

Quiero jugar en mis mundos paralelos, compartir esos juegos que son la máxima expresión de mi existencia, y no quiero contribuir a un juego reducido a ocio estéril, a otra forma de entretenimiento simple que no ayuda a escapar de la alienación mortal de nuestra existencia, sino todo lo contrario, quiero que sea un paradigma donde desarrollar cualquier tipo de potencia que – pese a estar carente de sentido – haga amarnos de una forma intima y con ello nuestra vida, nuestra existencia...
   
Quiero seguir siendo ese niño que siempre se opuso a ser adulto. 

Quiero explorar mis límites, llegar a mis horizontes y crear otros de nuevos; quiero roer hasta el último hueso de mi mundo para saborear todo lo que pueda encontrar en mi. Pero no quiero perder las fuerzas en ello, quiero dominar mi bestia y evitar que ésta me destruya; quiero comer en el banquete de mi vida a gusto, prestando atención a todos su sabores y matices, sabiéndome rico y sin miedo a sufrir hambruna alguna; no quiero devorar y atragantarme sin ser consciente de lo comido, asustado ante la idea de que pueda ser lo último que pueda comer. 

Quiero ser, quiero cantar y bailar, sobre todo lo segundo, quiero danzar por el mundo a mi manera, como quiera... ser y divertirme siendo, gozar de hacer temblar el mundo con mi baile, recordando la fragilidad del suelo que pisáis en cada instante. 

Quiero seguir siendo una hoguera iconoclasta, jugar con fuego una y otra vez, y no prestar atención a las voces que advierten de lo peligroso que es... Pero no quiero usar gasolina con aquello que no lo merece, quiero controlar en todo momento mi fuego, no deseo volver a arder entre mis llamas pues de esas heridas cuesta mucho recuperarse y, pese a gustarme, ésta no es la obra de mi vida, no merece tal sacrificio por mi parte. 

Quiero que mi vida sea un concierto extenso, con muchos silencios que despierten la necesidad de melodía, quiero gozar de esos momentos en los que escucho música y es como si pusiera banda sonora a ese preciso instante de mi vida; quiero descubrir nuevos grupos, nuevas canciones, en definitiva: nuevos sonidos, nuevas melodías, que satisfagan esa necesidad que despertará el silencio. 

Quiero que mi existencia sea un constante vitalismo, pese a saber que la vida a veces lleva dolor, que en el dolor muere siempre algo íntimo y que por ello la vida es un morir lentamente... Quiero decir a los cuatro vientos: "¡Vamos a morir! No es ningún secreto ¡jódete puto zombi! Por más maquillaje que te pongas tu carne olerá a putrefacción igual; nunca estarás seguro ante el constante aliento de la muerte, sal de la tumba a la que te has acomodado y rebélate contra nuestro mortal destino... Pese a que sabemos que vamos a perder la guerra cada día de lucha contra el devenir será una victoria que podremos celebrar ¡vive joder!" 

Quiero que nunca olvide lo que le dije y vale para todo aquél que sea mi amigo: "Mueve en mi todo lo que puedas, utilízame, transforma lo que toques, yo hare lo mismo contigo, no quieras dejarme indiferente, a mi no me da miedo cambiar, seguiré siendo yo." 

Quiero que la culpa no me impida volar, que no me arrastre al suelo, que no me haga reptar en esta vida, quiero ser consciente de verdad que hacemos aquello que mejor podemos hacer teniendo en cuenta las circunstancias, el bagaje, los conocimientos y la fuerza que tenemos en cada momento... quiero que esto no sea una excusa pero que transforme la culpa en una potencia que motive a no repetir el mismo error en lugar de ser un peso que impida seguir andando. 

Quiero dar las gracias a ese hermano que se fue, esas gracias que olvidé decirle tantas veces... 

Quiero hablar de la muerte, mirar de frente la nada que representa, desafiar la mayor depresión de nuestra generación: la vacuidad de nuestra existencia. Quiero afrontar el miedo a la muerte, a la nada, que no se olvide su esencia, quiero que nadie pueda escapar a su presencia, que nadie pueda esconderse de ella en futilidades, en cualquier espacio o situación evasiva; quiero que se vuelva a bailar entorno a la muerte, quiero que vuelva a ser motor de vida, de pasiones... quiero que veamos la nada que representa sin pavor, con una carcajada al ver lo ridículo que es el vacío cuando somos capaces de llenarlo, lo ridícula que es la muerte mientras estamos vivos. 

Aún quiero cambiar el mundo, que esos sueños y utopías que viven en mi mente puedan realizarse, aún amo la insurrección, aún no he abrazado la misantropía, aún amo la anarquía, pero nada de eso lo veo posible, así que quiero volver a creer en ello, quiero despertar y que el sueño siga en pie, o que, al menos, mis ganas de luchar por ello no se desvanezcan.  

Quiero guardarme secretos para mí, quiero dejar este texto abierto a todo momento en el que quiera algo nuevo... como dije en el principio "quiero hacer de estas palabras un espejo", no será una foto fija, y aquí seguirá siempre abierto.

martes, 6 de junio de 2017

LIGANDO CON GILIPOLLECES I


Le pregunté sin pensar, reconozco que no es de las mejores preguntas para ligar, pero ¡que coño! Quería saberlo: "¿Qué piensas de mi?" 

Me miró extrañada, y no dijo nada, fueron unos pocos segundos, para mi demasiados, y volví a romper el silencio: 

"A que viene esa sorpresa, ¿a caso nadie se ha preocupado nunca de cómo lo ves? ¿A caso no te ha interesado nunca saber qué piensa alguien de ti? ¿Qué hay de raro en que me interese qué opinión tienes de mi? Seguro que si me levanto y digo a toda la sala “X eres preciosa” te va a preocupar lo que puedan pensar todos los que serian espectadores de mis palabras... ¡Ah! por cierto, no mentiría, eres preciosa, eso es otro tema. Pero ¿ves? Te preocuparías, querrías saberlo y eso que son unos cualquiera en tu vida, no sabes ni el nombre de la mitad de ellos... 

Me interesas mucho, quiero conocerte, lo único que se es eso, que eres preciosa, que tu físico me atrae un montón, se eso y el nombre que te pusieron, demasiado poco para contentar el interés que has despertado en mi; yo quiero saber tu "verdadero nombre", quién eres, qué eres...  

Igual que yo no soy solo Oberyn, sino también un imbécil, raro, nihilista, cínico, gilipollas... i un sinfín de nombres más hasta llegar a no tener palabras para definirme, tu eres mucho más de lo que me has mostrado y quiero explorarte hasta que encuentre algo en ti que no sepa nombrar." 

Y funcionó, sí, lo sé, parece una locura... no lo llevaba preparado y en verdad mientras lo decía me pareció una soberana gilipollez, pero me gustan las gilipolleces y en cuanto pude salí corriendo a plasmarlo en el primer papel que encontré. 

lunes, 5 de junio de 2017

NO SERÉ UN MÁRTIR


No existe mérito ajeno que pueda exigir mi sacrificio. 
Los únicos sacrificios que valen la pena son el madero, el chivato, 
el explotador, el opresor, el gobernante, el lameculos etc. 
Que se suicidan evitando, así, joderme la vida. 



Todos mis actos serán egoístas, cualquier atentado contra el burgués, el policía, las autoridades, el orden social, la propiedad, el derecho, la moral, discurso dominante, tabú, dogma o cualquier otra herramienta de dominación o potencia autoritaria no serán, sino, actos egoístas; tras de mis acciones no buscaré nada más que defenderme, o venganza, o simplemente satisfacción egoísta, mía; jamás voy a sacrificar la seguridad de mi vida por las masas que no entenderán la radicalidad de mis actos, e ignoran o se resignan a ser oprimidas, robadas, ignorantes, alienadas y/o maltratadas. Sé que exigirán mi cabeza por cualquiera de mis crímenes, sea de la envergadura que sea, se atreverán a elevarse por encima de mi, creyéndose poseedores de una moral superior, y me juzgarán, estoy seguro que lo harán, pues ya lo han hecho otras veces... 

No es ningún misterio que no van a agradecer mi sacrificio, para ellos seré un criminal y su respuesta será aplaudir cuando un verdugo cualquiera (llámale juez, policía, carcelero, ciudadano...) ejecute mi castigo. 

¡No! ¡No soy tan imbécil! No seré el mártir de nada ni nadie; nada merecen las masas, nada merece aquél que no toma, no es, por si mismo ¡que les jodan! Ellos van a odiarme por lo que soy a mi me son indiferentes por lo que son, así que ¡VIVA YO! Muerte a la causa que se alimenta de mártires.

martes, 30 de mayo de 2017

Muerte de un mensajero





¿Y si se había acabado todo?, ¿si no tenía sentido ya, aplicar mis fuerzas, encontrar significados? ¿Acaso iba a acabarse así, tan sucintamente?, finalmente, ¿alguien se había cargado al mensajero?

Recuerdo estas palabras, concatenadas y apelotonadas, estallando de placer en mi cerebelo. Lo siguiente que pensé fue: ¿acaso la muerte, no es una burócrata más?

Por fin abrí los ojos, incorporándome con gran aflicción. Amarga y taimada sensación de paz, cuando empecé a sentir un cosquilleo en los dedos de la mano derecha. Y es que, si mi cuerpo aún se encontraba dormido, ¿cómo tener la certeza de que lo que era entonces no era más que fétido sueño?

Y si era una ensoñación, si mi encriptada consciencia había perdido el hilo conductual con la materialidad. Y si volvía a ser solo puro pensamiento, desdoblándose, ¿qué más daba?

El dolor seguía ahí, junto con los recuerdos de días pisados y pasados, como manchas en la acera.

El aire recargado se tornaba en mucosidades afiladas, que se clavaban en mi tráquea. Luchaban por salir los esputos, después de horas, tal vez semanas de letargo. La atmósfera estaba visiblemente contaminada, me sorprendí a mí mismo, con las manos en la nuca, y la mirada perdida.

La claridad de la luna se abría paso por entre los cristales, sucios y amplios, duros a la vez que frágiles. La habitación se hallaba totalmente en silencio. Unas runas allí, unos mensajes codificados allá, tal vez imágenes y dibujos, fruto estos últimos de la más oscura pluma. Una sensación tibia, seguida de sonidos lejanos, como de ultratumba, que recordaban al romper de las campanas a media tarde. A esa hora tan inoportuna, cuando los animales salen del cemento para meterse en el cemento, rodeados; como felices y extasiados.

El sofá de color rojo estaba plagado de manchas. Por un segundo me vino a la mente la imagen de aquella femenina espalda, repleta de lunares. Lunares marrones, pensé; manchas negras, como cráteres en el sofá, apuntillé. Y ahora, como si de arenas movedizas se tratase, me hundía, sin ningún tipo de contrapartida, en estas manchas de humedad, en estos pliegues asesinos, que se urdían como objeto; que se concretaban como  -maldita sea-, como una mierda de sofá.

Me levanté, y el tocar de campanario pareció retumbar en mi cabeza; yéndose a la vez que arrastraba de vuelta un eco frío y metálico, casi de color oro. No me había dado cuenta del liviano levitar de las motas de polvo, que golosas, buscaban su propio alunizaje.

“¿Hay alguien ahí?”, dije en voz alta. Pero mi voz se perdió entre las paredes, entre los bustos y los ladrillos rotos, subiendo por las canaletas y bajando hasta el fondo del mar.

Qué jodida pregunta. Qué pedazo de imbécil.

No importaba si el destino volvía a equivocarse. Decidí entonces girar sobre mi propia figura; tal vez en la luz lunar, encontrara un atisbo de abrazo, una especie de sentido vistazo de complicidad. Era tarde.

No porque la madrugada cayera con tesón y lustre. Ni porque el rocío comenzara a laminar los automóviles quietos, igual que las farolas, inmóviles. No así los árboles, que se mecían por el vientecillo nocturno, como tiritando de frío. Sencillamente, era demasiado tarde.

Qué belleza de imagen, cuando logré encuadrar toda la escena, recorriendo con mis pupilas el recargado paisaje, de fondo negro; sin estrellas, sí con luna, creciente, por si todavía importaba.

Qué montaña, qué amargo y bonito accidente. Qué pendientes, recorridas de ancho a largo, de arriba a abajo por aviesos edificios. Una ondulada ladera, capitaneada por una antena gigante, a la que creí escuchar en sueños; que bajaba hacia la derecha, fraguándose en ribazo nuevamente, justo con el suficiente ángulo como para retomar su empeño, tornándose finalmente en sistema montañoso, que se perdía entre el marco de los ventanales que allí sujetaban mi reflejo, totalmente difuminado.

Era hora de volver a casa. Conquistar por última vez aquel acceso a mi lecho, frío y húmedo; cansado de esperarme.

La quietud del satélite provocó en mí un escalofrío. Como un impulso mesiánico, subió por mi garganta un garabato, que se tornó en guirnalda, desplegándose en pensamiento. Un pensamiento doloso e iracundo, que me hablaba de héroes, y me recitaba poemas sobre ninfas y comodoros.

“Hagámoslo con calma”, me dije. O tal vez lo dijera en voz alta. La cuestión es que si algo era diáfano, si algo se había mostrado como axioma, si de algún modo lo conspicuo estuvo en mí, aunque hubiera sido un rato; había sido conceptualizado en esta ardua y solemne frase. ¿Qué no te tomaste con calma, chico?, si ni siquiera supiste ingerir veneno, aun en tus noches más lóbregas, si lo tomaste siempre como un aperitivo; relamiendo tus labios a cada sorbo, observando la copa a cada pequeño trago.

Me encaminé hacia la salida de aquel fastidioso salón. El sonido reverberante de la oscuridad se adhería al largo e interminable pasillo. Solo una luz observable, la de una puerta medio entornada, al final de aquel rectilíneo y cuadriculado túnel, de color mandarina; moteado de rugosidades.

Mis pupilas de loco no daban crédito a aquella estampa. La atmósfera, ya no sabía, si de aquella vivienda, si de aquel continente, había desaparecido frugalmente; o se había apostado definitiva y contundentemente, tomando la forma de las sombras insidiosas que pueblan los recovecos de las calles. Y si era así, si el manto fino de la podredumbre, si el aire recalcitrante que levitaba, había dejado de levitar, para pasar a ser parte de mi yo medible, acaso, si todo eso se había resuelto en hecho constatable, se había trasformado en mi ser: ¿podía hacer algo que no fuera aceptarlo con resignación?

“Ey”. Y la y griega sonó como un destornillador perforando un trozo de metal. “Quién eres”, dije sin más dilación y casi sin energía. “Dónde estoy” inquirí sin demasiadas esperanzas.

El doloroso amarillo que se escondía tras la puerta del fondo del pasillo, fue alargándose, convirtiéndose en figura reflejada en la pared. Todo mientras sonaba el chirriar de una abertura henchida de moho y portazos.

Mentiría si no dijese que vi a alguien repostado bajo el marco de aquel pórtico macabro. Sentí mis dientes rechinando, segregando por un segundo astillas de calcio y nervio, mientras la piel de mis brazos se empezaba a enchinar, y los pelos y los granos y los pies, se ponían duros como estacas y tersos como pollas empalmadas.

El nudo de mi garganta habría servido para colgar al más puritano de los malhechores. Un soplo de aire, esta vez caliente me recorrió la cara, lamiéndome la barba, introduciéndose en mis fosas nasales. Y la puerta se cerró de pronto y para mi sorpresa, al portazo, no lo acompañó ningún terminante estruendo.

Pasé como bien pude, con la espalda pegada a la pared. ¿Por qué me comportaba de aquella manera?, ¿era miedo lo que me apoderaba entonces, era el más terrible de los horrores hacia lo desconocido e inexplicable? Junto con aquellas preguntas, también estaba allí la sangre que a borbotones, se apelotonaba en mis venas, entre mis brazos y por mis piernas. Aun así, no despegué el culo de la pared, ni cuando ya casi estaba dejando atrás aquel inhóspito y desolado pasillo.

Decidí salir de aquella cárcel sin barrotes, sin dilación ni apremio. Unas botellas como vacías y recubiertas de polvo me indicaron la salida, estaban apostadas a cada lado del trayecto, casi señalándome el camino. Reflejándose en cada una de ellas, con sus tonalidades marrones, se distinguían muecas lo suficientemente oscuras para retener un halo de lumbre.

Salí y bajé escopeteado. Más que liviano, descendía de dos en dos los escalones, mientras giraba sobre mí mismo al llegar a los rellanos pertinentes, que estaban hechos de baldosas impías, más transitadas que las estaciones. Recuerdo que la oscuridad me atolondraba cada vez  más, aun así podía degustarme, mirando el color azul metálico de la barandilla interminable.

"¿Otra puerta?", pensé. Y por un momento la situación me recordó a cuando vagabundeo por mi memoria, dejando tras de mí un reguero de huellas que sonoras, preceden a los descubrimientos más insospechados. A los diálogos con mis recuerdos, de los que nunca escapo, pese a que con toda mi energía les intento dar plantón.

Tal vez parte de la remilgada oscuridad se quedó en aquel edificio, que no dejaba de encajarse con aplomo en la manzana, a estas horas transitable. Tal vez y solo tal vez, respiré de nuevo aire sucio, pero fresco.

Me encaminé conmigo mismo, sorteando charcos y maullidos lejanos. Cerré los ojos cuando sentí aquel maldito chirrido a mi espalda. Un silbido agudo y entrecortado estaba siendo disparado desde algún lugar; habiéndome impactado en la solapa de la camisa. Me giré con rapidez y adiviné, justo en el salón donde había estado descansando, allá por el tercer piso, una figura oscura e inquietante. Se apostaba inamovible; tan solo una sonrisa en su tez alimentaba en mí la idea de que no se trataba de alguien no humano. ¿Pero y si era una especie de gárgola?, ¿Y si aquella noche los monstruos, normalmente cabizbajos y recelosos por las esquinas, se habían envalentonado? Y si, Dios mío, y si los demonios habían preparado aquel festín de carne, que era yo mismo, y tan solo el cielo iba a ser testigo de mi fustigamiento…

No había un ápice de duda. Había perdido la razón y no iba ganando la partida.

No obstante decidí seguir caminando. Me encaramé a la pequeña cuestecilla que giraba a la derecha, convirtiéndose de pronto el cemento en una angosta calle en forma de ele, repleta de adosados de colores distintos.

Transité aparcamientos repletos de socavones, baches, charcos, y nunca perdí la sensación de que alguien o algo me observaba entre los escombros y las más puntiagudas esquinas. Apreté el paso cuando sentí  de verdad que alguien me seguía.

Con el rabillo del ojo pude dilucidar que se trataba de un hombre, de formas juveniles y ajuar negro azabache. Me giré una vez, y creo que hasta los calcetines eran oscuros, como los pensamientos desencajados que tornándose en gotas heladas de sudor, recorrían mi maltrecha espalda.

Seguí calle arriba y la ladera empezó a saludarme. Volví a girar varias veces hacia mi derecha, dejando atrás persianas a cada lado que se antojaban inamovibles, como también blancas y sucias.

Llegué por fin a mi apartado favorito. Unas escaleras de piedra caliza que se apostaban interminables; solo acompañadas por una barandilla, esta vez de color gris, repintada con alevosía y manoseada a conciencia. Cuando andaba por el segundo descansillo de aquellas rectas y traicioneras escaleras, volví a girarme por última vez.

Solo algunos grillos, y el sonido de los aspersores lejanos parecían dispuestos a hacer de las delicias de mis oídos. Ni rastro de aquel tenebroso figurante que hasta hacía unos minutos me pisaba los talones.

¿Y si se había acabado todo?, ¿si no tenía sentido ya, aplicar mis fuerzas, encontrar significados? ¿Acaso iba a acabarse así, tan sucintamente?

La luna remilgada, reflejó un destello que se tornó en amarilla visión. Una visión excelsa, que contenía imágenes de playas cálidas y desiertas que otrora había imaginado, pero que ahora, en aquellas vagas y noctámbulas calles se tornaban en magnífica revelación.


Presuntamente, alguien se había cargado al mensajero.

jueves, 25 de mayo de 2017

El promontorio



Las calles rezuman odio y hastío. Tiempo atrás eran coloridas y llenas de vida, pero hogaño son grises y monótonas, parecen hermanas educadas en la más estricta normativa. Si bien todavía permanecen indelebles las pintadas y las frases perdidas escritas por enamorados y espíritus rebeldes, no encuentran actualmente a nadie que lea sus consignas y sus deseos, pues han perecido en esta disolución de aire oprimente y lluvia constante. 

Sigo andando mientras las farolas marcan la ruta, como si no quisieran que mi rumbo descarriara en la oscuridad. Mis pisadas rebotan en las baldosas malheridas por los innumerables pasos que las han humillado, pero que todavía siguen ahí con una tremenda muestra de orgullo. A lo lejos veo el promontorio al cual me dirijo, cuya silueta parece saludarme con su sola presencia entre tanto silencio y sopor. 

Una vez en mi destino, las nubes grises bailan desincronizadamente, amenazando con abrir de nuevo las puertas de la fría lluvia hivernal. El aire empieza a dar muestras de su presencia, haciéndome tambalear, como si quisiera marcar un territorio invisible a base de una fuerza sin mesura. Sigo de pie y puedo ver a lo lejos las humaredas provenientes de los arrabales, junto a un olor a podredumbre que penetra en mi como una daga afilada. 

Y allí estamos, el promontorio y yo, dudando entre las diferentes formas de dirimir mi contrato con esta existencia vacía y aburrida. Bajo mi mirada y lo observo, encontrando como respuesta una mirada hierática, que no provoca en mi el más mínimo efecto. ¿Cómo me va a responder si no tiene en su interior ni un atisbo de vida, si nunca ha encontrado a nadie que lo tenga en consideración? A excepción claro, de algún maldito filósofo que encontrara en ese lugar la fuente de su inspiración. Pero, ¿de qué sirve filosofar, me pregunto, si la palabra constriñe nuestro pensamiento?

Tras pasar largo rato no haciendo otra cosa que yacer de pie en compañia de mi propio hálito, y observando las siluetas de los edificios que se postraban ante mi, imaginando a las personas que como tristes hormigas reproducían sus quehaceres con la esperanza de cambiar su devenir, me giro y vuelvo sobre mis pasos, ya borrados por el polvo. Otro día será.